Entre el ayer y el hoy quedan recuerdos escondidos, quedan retazos de alma poética dormida, quedan los lugares que vimos, queda la luna, queda su reflejo nadando entre las aguas del pantano, queda el brillo de mil espejos haciendo guiños al compás del viento que los mece con su canción hasta dormir las aguas azules, verdes, blancas, negras, cambiantes, de mil matices que viran con la luz, la distancia ó el tiempo, ora brillantes, ora mate, la brisa que al levantarse te acaricia la piel de la cara, las ondas que las traen y las llevan, parece como si mil luciérnagas estuviesen bailando sobre la superficie de las aguas, ó mil duendes escondidos bajo las aguas encendieran linternas y las apagaran en un juego en el cual estuviesen buscando hadas, un salón de espejos de una casa encantada, aguas que se hacen transparentes junto a tus pies donde nadan alevines a resguardo de depredadores que les aguardan unos pasos más adentro, en aguas más profundas y misteriosas, y queda una caña de pescar, el anzuelo, los sedales, el cebo, los enganchones en las algas, el regreso sin una sola carpa pero con el recuerdo de tu presencia, el caminar descalzo sobre las rocas, sobre las aguas, tus consejos de no hacerlo so pesar de acabar con una herida ó un anzuelo clavado ó un resbalón mal dado, tus bocadillos de tortilla, tus risas, la búsqueda de un poco de sombra, de un poco de hierba para depositar tu mantel y las viandas, un día de campo, un paseo, quedan los higos que él recogía de aquella enorme higuera que se balanceaba sobre el abismo, ricos y dulces, que sabían a tan poco, y como la zorra que mira las uvas en lo alto, él lo hacía con los higos, allá arriba, tan altos que tan sólo un puñado eran los dados a dejarse degustar, suficientes, rico manjar, mis moras negras que las endiabladas se defendían como gato panza arriba y las zarzas siempre quedaban enganchadas en mis ropas y se vengaban lacerando mi piel con leves arañazos, soportables, cual un tortazo tras un beso apasionado a la chica equivocada, la botella de vino dejada a enfriar en la corriente del río, presa abajo, el silencio, sabíamos escuchar pájaros, ver trepar dos ardillas negras persiguiéndose por los verticales troncos de los pinos, bandadas de córvidos anidando en las escarpaduras que formaban las paredes del valle y que salían cual enjambre, todos a la de una, en busca de su sustento, las ciruelas que cogías siempre verdes, no era tiempo, las barcas que te gustaba contemplar desde lo alto, verlas pasar a lo lejos, a lo lejos, pues te daban miedo, te daba miedo el agua, y jamás te hubieses atrevido a abordar ninguna, ni lanchas motoras por grandes que fueran, te gustaba contemplar los toros desde la barrera, nunca te hubieses tirado al ruedo, recostada a la sombra de un almendro, llegabas a cualquier parte, no importara las dificultades, no se te anteponía ninguna barrera ni cadena, ni señal de “prohibido el paso, peligro”, decías que esas advertencias eran para los tontos, los viejos y los niños, y queda el camino de ida y el de regreso, el refresco de limón a la mesa del bar de aquel pueblo, las moscas, los mosquitos estaban enamorados de ti, tan sólo te querían a ti, los tenías a todos locos por tus carnes y luchabas hasta llorar de amor por sus picaduras de ternura, enamorados de ti, pero malos bichos. Queda una caña de pescar clavada en la orilla, con un sedal transparente tenso sobre las aguas y una campanilla que alguna vez oíste sonar y era otra vez otra falsa alarma, el pez se volvió a escapar, hizo un intento de picada y se llevó la mitad del cebo.
Autor: white
Fecha: 31/08/2005 20:52.
Autor: maria
Fecha: 04/09/2005 17:23.
Autor: anonimo
Fecha: 12/09/2005 18:16.
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